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Después de repasar su vida y enumerar los momentos de gloria, alguien le pregunta a Angel Espinosa si lamenta el no haber aceptado las millonarias ofertas que la hicieron para saltar al boxeo profesional.
Tras un minuto de silencio, el hombre que fuera considerado el mejor púgil amateur del mundo durante gran parte de la década de los 80, se retira a una esquina del Prime Time Gym y comienza a llorar.
"Se me fue el tiempo'', confiesa entre sollozos el holguinero, y el grupo de admiradores que le rodea se queda en un silencio absoluto, porque nadie encuentra una palabra de consuelo para un momento tan extraño.
Pedro Luis Díaz, quien fuera uno de sus entrenadores en la llamada Escuela Cubana de Boxeo, se retira a un lado del gimnasio y con la voz más grave que encuentra sólo atina a decir una frase: "es muy duro ver llorar a un campeón''.
Con apenas unos días en Miami, Espinosa llegó en busca de su pedazo de sueño americano, pero consciente de que debe comenzar de cero para encontrar su espacio en una ciudad que vive una especie de luna de miel con el boxeo, gracias a las nuevas generaciones de púgiles antillanos que sueñan con coronas profesionales.
Luego de siete años en México, donde conoció a su esposa y trabajó como entrenador, Espinosa ansía ayudar a esos jóvenes compatriotas desde una esquina.
"Yo no sé hacer otra cosa que vivir cerca de los cuadriláteros'', expresa Espinosa, que a sus 43 años aún conserva algo de su escultural musculatura. "He aprendido mucho, primero al lado de profesores como Alcides Sagarra en Cuba, y luego en México. Pero mis mejor aprendizaje fue encima
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